Por fin terminó. Había pasado los últimos meses empaquetando poco a poco todos los recuerdos que le quedaban de él: ropa, discos, libros, e incluso la colección de entradas de aquel grupo que ella tanto odiaba y que ahora adoraba.
No eran demasiadas cajas, como mucho seis o siete, pero le había costado todo este tiempo poder hacerlo. Al principio solo era capaz de abrir los cajones donde estaban las cosas y volver a cerrarlos. Luego, poco a poco y con la ayuda de algún amigo, había sido capaz de observar durante escasos segundos todo lo que ahora estaba en esas malditas cajas.
En esas cajas se llevaba lo único que le quedaba: la presencia y olor de él. Y eso era lo que ahora tenía, objetos, olor y recuerdos que esperaba no olvidar nunca. Se los llevaba lejos, aún no sabía bien donde iba, pero sabía que era muy lejos y que no podría volver.
Partió hacia su destino, pero no sabía cómo se llegaba, no sabía si había un autobús o tren que la llevase. Así que simplemente se puso a caminar hacia ningún lugar. Pasaron horas, puede que incluso fuera un día entero caminando, arrastrando esas horribles cajas que tanto necesitaba. Y entonces vio algo, algo que la cegaba, algo que nunca quiso ver. Pero era inevitable, ya se había opuesto durante algún tiempo a ello, pero no lo podía retrasar más, no era bueno para nadie que siguiese allí. Así que simplemente siguió la luz...
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